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31/10/12

Los colores del otoño



Para Translation Designers el mes de octubre ha sido el de la dura rentrée.
Hasta septiembre hemos estado ocupadas con la revista Night&Day Magazine y el verano se nos ha pasado volando (y sin vacaciones...). En octubre, en cambio, volvimos a la realidad: reanudar y acabar de concretar proyectos pendientes y buscar otros. Ser autónomo es estar siempre en búsqueda de trabajo, contactar con posibles clientes, consolidar los que ya tienes, inventar y proponer nuevos servicios, relacionarse con gente de distintos sectores para ampliar la clientela y llevar a cabo unas cuantas tareas administrativas imprescindibles e inaplazables.

Así que octubre también se acaba con unos cuantos proyectos finiquitados y otros a punto de llegar.
En Translation Designers adoramos los colores de esta estación, aquí una pequeña muestra.




¡Que el otoño siga fructífero para todos!


18/4/12

¿Quién se apunta a añadir motivos para dignificar la traducción?

La traducción necesita de dignidad y que nosotros, traductores e intérpretes, hagamos un esfuerzo para tratar este asunto sin quejas ni victimismo y adoptemos un punto de vista más «pedagógico», por así decirlo. Aunque la presión de las grandes agencias de traducción nos ahoga un poco a las agencias pequeñas y a los traductores autónomos, por el establecimiento de tarifas imposibles en plazos ridículos, tenemos un compromiso con nosotros mismos y con la profesión en general para dignificarla.

Ya se ha escrito mucho sobre el tema de las tarifas y el de los plazos. Nos referimos más bien a «vendernos con calidad» para desterrar la creencia de que «no puede ser tan difícil cambiar un mensaje de una lengua a otra, si las palabras ya se han inventado».

Desde un punto de vista meramente textual, un texto bien traducido implica tratarlo desde muchos enfoques, no se trata solo de ortografía: requiere unas técnicas, métodos, procedimientos y conocimientos especiales que nos han enseñado durante una licenciatura de cuatro años, con su postgrado o máster incluido, y otros cursos de especialización. Casi todo el mundo puede traducir; sin embargo, para hacer una buena traducción es necesario contar con unas competencias que no todo el mundo tiene.

Además, hoy en día un traductor competitivo debe manejar programas informáticos con mucha habilidad, ya que los utiliza en su casa, solo, sin un departamento de informática a su disposición. La mayoría de estos programas son CARÍSIMOS y cuesta bastante amortizarlos. Lo mismo sucede con programas de diseño como, por ejemplo, InDesign o QuarkXpress –programas nada fáciles de utilizar, como podrán asegurarnos los expertos en diseño–, ya que si los traductores queremos un valor añadido a nuestro trabajo, debemos traducir sobre prácticamente cualquier formato.

Todo esto no es nada que un trabajador autónomo no sufra en sus propias carnes, ni supone que los traductores tengamos un status «sufridor» más acentuado que el resto. Lo que sí debemos hacer ver es la invisibilidad del traductor. En general, excepto casos excepcionales, nadie repara en el valor que esconde una buena traducción. No generamos directamente dinero a una empresa, si no que más bien somos vistos como un «gasto». Estamos callados trabajando en un rincón, por lo tanto, «lo nuestro no puede cansar mucho». Traducir es eso tan fácil de hacer que «bah, quiero tener estas 24 páginas para mañana».

Mundo: el trabajo de un traductor es importante, no puede hacerlo «cualquiera», sino que requiere unas habilidades especiales aprendidas durante muchos años de carrera universitaria y luego profesional.

Por esto y por todo: ¿quién se apunta a añadir motivos para dignificar la traducción?

15/2/12

Qué “sufriría” un aprendiz de traductor

El otro día vi un programa de televisión en TV3 que se llama L’aprenent (El aprendiz), en el que un chico se dedica a aprender profesionalmente un oficio durante tres días. Me paré a pensar en qué se encontraría una persona que, sin saber nada de nuestra profesión, estuviese tres días trabajando como traductor autónomo.

Creo que, en primer lugar, se sorprendería por la gran cantidad de recursos informáticos que debemos manejar en nuestro día a día: varios programas específicos para traducir (no es Google Translate, es mucho más complicado), bases de datos terminológicas, programas de maquetación, de edición de imágenes, diccionarios online y en papel –monolingües y bilingües–, libros de estilo, etc., y todo ello para cada una de las combinaciones lingüísticas con que trabajamos.

Una vez abierto el documento a traducir, se lo leería varias veces: una primera lectura para saber de qué va, una segunda lectura para captar el sentido pensando en la intención del autor del original y la función que deberá cumplir el texto que traduzca, una tercera lectura para repasar si lo ha entendido todo. Según la longitud del texto, ya habría pasado pongamos una hora. Entonces se acordaría de que hay que traducir de media 3000-3500 palabras al día. Y se daría cuenta de que ya se ha “comido” una entera. A correr se ha dicho.

Todo fluye y va bien hasta que se encalla con terminología que, oh sorpresa, no aparece en ningún diccionario bilingüe. ¿Cómo puede ser que esto no venga en el diccionario? ¿cómo me entero yo ahora de cómo se dice esto en castellano? Empieza a buscar definiciones en el idioma original, tantea dos o tres palabras en Google a ver si tiene suerte, recurre a Google imágenes, Wikipedia, una página le lleva a otra y, oh otra vez sorpresa, ha estado media hora para una palabra. Como esto siga así, no la entregaré a tiempo. Sudor frío y un poquitín de ansiedad asoman por el cuello del pijama. Concentración absoluta.

Sigue y acaba de traducir a contrarreloj. Menos mal. Ahora dejo reposar un poco el texto y mi cabeza y miro el correo. Vaya, no me han contestado aún del presupuesto que me pidieron del manual de la máquina aquella. En fin, les haré una llamadita-recordatorio que se note mi interés por el proyecto. Luego abriré Twitter y Facebook porque, claro, o estás presente en las redes sociales o estás muerto. Lo abre con la intención de publicar algo, pero en la cabeza tiene un par de palabrejas de la traducción que acaba de hacer que le están entorpeciendo el raciocinio creativo. Encuentra tal avalancha de información útil e interesante que han compartido sus colegas 2.0, que su mente se desborda al pensar en cómo la archivará para luego acordarse de ella. Responde a dos menciones de Twitter y deja para luego su tuit “definitivamente-este-tendrá-25-RT-y-150-FAV”.

Retoma la traducción para repasarla sintáctica, ortográfica y estilísticamente. Comprueba las comillas, los dobles espacios, que no se haya salido el texto traducido de la caja, preposiciones, puntuación, contradicciones. Luego otro repaso para comprobar si el contenido está bien expresado. Se lo da a leer a un conocido suyo que es especialista en el tema de la traducción, por si detecta algún matiz que a él se le haya podido pasar por alto. Suerte que hoy puedo, porque me llega a pillar la semana pasada, con la de horas que me llevó hacer esos dos presupuestos para esas dos páginas web, y no hubiese tenido tiempo. Ya me puedo poner a pensar en cómo le devuelvo el favor de haberme revisado el texto: ¿una cena? ¿un regalo? ¿no me dijo que se quería comprar la trilogía de…?

Le están llamando de esa agencia que siempre anda pidiendo presupuestos para adjudicar la traducción a la tarifa más baja. Es que no se cansan, ¿cómo voy a traducir por 0,03 la palabra? ¡Es que ni a base de chóped llego a fin de mes! Vuelve a darles a entender diplomáticamente que él no va a malvender su trabajo por mucho que las agencias se disputen los clientes a base de reventar precios. Que lo siente mucho y que muchas gracias por haber pensado en él.

Entrega la traducción que le ha ocupado este día y nota una sensación de vértigo. ¡No tengo ningún otro proyecto! ¿Y ahora qué? Dominado por los nervios, intenta pensar con claridad a quién puede enviar su CV para que le manden algo hasta la segunda semana del mes que viene, cuando le entrará un proyecto que durará dos meses. En fin, a ver qué redacto hoy para mi blog, que lo tengo muerto desde hace un par de semanas… voy a preparar las facturas de este mes, a hablar con el gestor por lo de la declaración trimestral del IVA, leerme los boletines atrasados de la asociación de traductores a la que estoy inscrito a ver qué se cuece de nuevo, iré pensando en la ponencia para la conferencia del mes de junio en Roma, revisaré los apuntes del curso que hice la semana pasada… ¡Ufff!

*****

Este es solo un ejemplo de las aventuras y desventuras que los traductores vivimos todos los días. Un traductor autónomo debe traducir correctamente (obvio), ser corrector y revisor de estilo (no, no es lo mismo), ser su agente de marketing, ser su contable, ser un experto en tecnologías de la información, ser su teleoperador, ser su Community Manager, ser su blogger, debe albergar conocimientos de muchos temas (nunca sabe sobre qué será su próxima traducción), debe tener una lista de contactos a quienes recurrir en caso de dudas cuando traduce textos de un saber específico (abogados, ingenieros técnicos, tecnólogos de alimentación, mecánicos de coche, informáticos), y un largo etcétera que reduce el tiempo real que dedica a traducir y, por tanto, a “producir”.

Muchas de estas “desventuras” son a buen seguro compartidas con otros tipos de trabajo autónomo. Sin embargo, en general, la traducción es una profesión mal pagada e, injustamente, poco valorada por otros colectivos. La traducción requiere unas habilidades y unos conocimientos que no tiene “cualquiera”; hay que formarse continuamente, porque hay que estar al día de todos los avances informáticos, de los temas de actualidad, etc.; la competencia es dura; todo el mundo se atreve a criticar temas lingüísticos; requiere una concentración absoluta durante muchas horas seguidas, sin interrupciones-distracciones, y esto agota mucho mentalmente.

¿Quién se anima a pasar tres días en nuestra piel?
;)

30/8/11

El conocimiento de la realidad

Hace algunos años conocí a Jordi, un joven becario estudiante de matemáticas, locuaz y curioso. Mis amigos le definían friki, como ese tipo de personas que suelen atraerme y que suelen fijarse en mí.

Con Jordi teníamos conversaciones apasionadas sobre el arte y la vida. Él me hizo ver las matemáticas con otros ojos, a mí, a quien nunca les había prestado atención por ser “de letras”. Jordi me hizo comprender que los números se parecen a las palabras y que también pueden ser divertidos.

Ya no tengo contacto con él, creo que se fue a Alemania a investigar, pero todavía conservo algunos mails con sus interesantes reflexiones. Este me gusta especialmente y quiero compartirlo con vosotros.


El conocimiento de la realidad

La ciencia es solo una forma sofisticada de sentido común, del mismo modo que los cocineros de la guía Michelín solo hacen una versión sofisticada de lo que todas las madres hacen a diario.

¿Se puede calcular la probabilidad de sacar 1 en un dado en el que todas las caras tienen marcado un 1? La respuesta es un Sí rotundo: la probabilidad es 1. Análogamente, ¿de cuántas formas diferentes se pueden sacar 4 cartas indistintas de una baraja? Solo una. 4 cartas con los dorsos arriba solo pueden repartirse de un único modo, pues todas son indistinguibles por detrás.

Del mismo modo, en la matrícula de un coche aparecen 4 cifras que configuran un número con una probabilidad de 0,0001. Siendo así, a la mayoría de la gente le satisface mucho más ver uno con matrícula 0000 que uno con la matrícula 9173. Cierto es que pocas veces se ven cuatro ceros seguidos, las mismas veces que se ve un 9 seguido de un 1 seguido de un 7 seguido de un 3. Sin embargo, mucha gente agrupará el 9173 con el 9713, e incluso con cualquier número de 4 cifras distintas PQRS, mientras que resaltará una repetición de una misma cifra TTTT.

Se puede entender esta distribución de números como una coloración arbitraria (azarosa). Cada una de ellas es equiprobable, pero la atención humana se decantará por unas coloraciones preferentes. ¿Qué guía nuestra preferencia? Pues todo tipo de condicionantes, como por ejemplo: las capacidades mnemónicas, o reacciones emocionales por afinidad, o un cierto interés utilitario, o una obsesión enfermiza, o una simple equivocación, o incluso el aburrimiento…

¿Acaso nuestro trato de la ciencia presenta una mayor objetividad? Ten por seguro que no. La presentación científico-matemática de los hechos naturales nos ofrece una gran ventaja mnemotécnica frente a la vieja recopilación de mitos aislados. Pero solo buscamos explicar lo que nos interesa explicar por habernos topado de frente con ello, por no poder ignorarlo, por no poder fingir que no existe. Así, nuestra ciencia no da cuenta de la realidad, sino de lo que nos interesa de la realidad (entiendo aquí ciencia en su sentido más amplio de conocimiento, incluyendo explicaciones contradictorias entre sí).

La alta disparidad de experiencias personales y la memoria colectiva en forma impresa nos ha empujado a una complejidad creciente de las explicaciones. Como consecuencia, se produce una escisión social entre una minoría sobredocumentada y una mayoría que se ha perdido por el camino. Esta mayoría, las más de las veces, repite los errores viejos en un intento naive de comprender la realidad a partir de sus limitadas posibilidades y sus idénticas capacidades.

Del mismo modo que los errores gramaticales, ortográficos, sintácticos, léxicos... nos permiten conocer el modo en como opera la habilidad lingüística humana independientemente de cualquier código fosilizado, los errores de inferencia lógica nos permiten conocer el modo en como nos acercamos al mundo, no nuestra inteligencia.

Mi postura viene a ser que las 'Leyes de la naturaleza' no existen en la naturaleza, sino en el discurso humano. La realidad carece de leyes, no requiere normas para existir. Las leyes, teorías y demás construcciones son una herramienta humana para poder ordenar la realidad, igual que las palomas de Skinner desarrollan sus supersticiones en los experimentos descritos por Dawkins.

Jordi